Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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17 de Abril de 2026 20:00
En la edición 65 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI), la figura de Natalia Reyes no se reduce a la de una invitada de honor ni a la de una intérprete con trayectoria internacional. Su presencia en los espacios académicos del festival funciona como un punto de convergencia entre distintas etapas de su carrera: la televisión colombiana donde se formó, el salto al cine global y su búsqueda más reciente por proyectos con mayor densidad narrativa y política.
Cuando Reyes habla de su oficio, no empieza por los personajes consolidados, sino por los castings. Los describe como su trabajo real, un proceso solitario que implica grabarse a sí misma, resolver la iluminación, el sonido y los encuadres con los recursos disponibles, repetir escenas hasta encontrar una toma válida y enviar materiales sin ninguna certeza de obtener respuesta.
Esta rutina no tiene la forma de una progresión estable, sino de una repetición constante. Es una espera prolongada en la que el rechazo no es la excepción, sino parte del funcionamiento normal de la industria. “No es no, es estar más cerca del sí”, afirma la actriz.
En ese contexto, un proyecto como Terminator: Dark Fate no funciona simplemente como un punto alto dentro de su trayectoria, sino como un quiebre simbólico. Desde afuera, su participación en una franquicia de ese tamaño representó algo que antes parecía improbable: la posibilidad real de que una actriz colombiana llegara a Hollywood para liderar una producción de escala global.
No se trata solo de un logro individual; se convirtió en una señal para un sector que, durante años, vio esos espacios como inaccesibles. En ese sentido, su presencia en las grandes ligas no cierra una historia, sino que abre una pregunta más amplia sobre quiénes pueden habitar esos escenarios y desde qué narrativas.
A esa inestabilidad se suma la exigencia de estar permanentemente visible.
La actuación ya no ocurre solo en el set, sino que se extiende a las plataformas digitales como una prolongación del trabajo profesional, donde se espera presencia, opinión y continuidad. La vida personal se convierte en parte del flujo público, y la frontera entre trabajo y vida cotidiana se vuelve cada vez más difusa.
Reyes lo plantea como una tensión real: el tiempo que exige sostener una imagen pública compite directamente con el tiempo de vivir y trabajar fuera de cámara. La tecnología facilita el acceso a audiciones virtuales, pero también multiplica las exigencias, ya que muchas veces debe producir ella misma los materiales que antes se realizaban dentro de estructuras profesionales.
En los últimos años, la filmografía de Reyes ha transitado hacia proyectos con mayor carga social, como Aún es de noche en Caracas y Noviembre. En este tipo de historias, el foco se desplaza del protagonismo individual hacia contextos más amplios y complejos, abordando crisis, violencias y tensiones sociales. Ya no se trata solo de interpretar, sino de decidir en qué relatos participar y desde qué postura política e ideológica hacerlo.
De ahí surge una idea constante en su discurso: el cine no es neutral. Las historias que se eligen son una forma de tomar posición, incluso cuando el mensaje no se enuncia de manera explícita. Para ella, el séptimo arte es un espacio para generar empatía, pero no una empatía simplificada, sino una que incomode, que obligue al espectador a mirar aquello que suele quedar fuera de campo y que rete las categorías establecidas.
Ese cambio se vuelve más evidente cuando Natalia Reyes asume roles detrás de cámara, como su trabajo como productora ejecutiva. En ese punto deja de ser únicamente quien interpreta para convertirse también en quien decide qué historias se levantan. No elimina la inestabilidad del oficio, pero sí desplaza su lugar dentro de la industria; pasa de esperar decisiones externas a participar activamente en su definición.
Ese movimiento ocurre, además, en un momento particular del cine colombiano: con más producción, mayor diversidad de propuestas y nuevas voces en circulación, pero todavía con problemas persistentes de distribución y visibilidad en salas frente a las grandes industrias internacionales. En ese contexto, su trayectoria no aparece como una excepción aislada, sino como parte de una industria que crece, pero que sigue en tensión.
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