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19 de Diciembre de 2025 11:00
El sol apenas comenzaba a levantarse cuando llegué al Parque Jaime Duque y, aun así, ya había fila. No la fila eterna y desesperante que uno imagina en los parques temáticos, sino una que avanzaba rápido, casi con disciplina. Una pareja de ancianos comentaba que no venían desde hacía veinte años; detrás de mí, un grupo de turistas hablaba en acentos que no lograba identificar del todo. Era un recordatorio de que este parque, ubicado en Tocancipá, no solo convoca a bogotanos aburridos del tráfico, sino también a ciudadanos de todo el mundo.
Tras pagar la entrada, el parque se abrió frente a mí como un territorio imposible de recorrer en un solo día. Verde, inmenso, casi intimidante. A la distancia se escuchaban los niños de varios colegios, emocionados porque iban a ver animales de verdad, y yo también me descubrí caminando con la misma curiosidad, dispuesta a la aventura.
El Parque Jaime Duque es, ante todo, un espacio para la mirada. Todo es grande, limpio, luminoso. Caminos amplios, jardines impecables, esculturas que aparecen de repente entre los árboles. Pero también es un espacio para la escucha de los guacamayos del Bioparque Wakatá, los pasos de las familias que avanzan sin prisa, los guías que explican, a veces hasta con orgullo, sobre la importancia de la conservación.
Lo que más me impresionó fue la mezcla. En un mismo lugar conviven animales rescatados, réplicas patrimoniales, atracciones mecánicas, senderos ecológicos, una fundación y propuestas educativas que obligan al visitante a hacer una pausa. No es solo entretenimiento, es un parque que quiere enseñar, aunque tú no lo estés buscando.
Fue ahí donde empecé a entender lo que me había dicho Diego Márquez, un experto en turismo: “el Parque Jaime Duque se volvió un punto de referencia para la Sabana de Bogotá. No solo atrae visitantes, también ha cambiado la economía y la percepción del territorio”.
Y tenía razón.
Entre familias, colegios, grupos de adultos y turistas internacionales, el flujo es constante. Cada visitante trae algo al parque, pero también se lleva algo de él. Y mientras yo caminaba entre las exhibiciones, imaginaba cómo ese flujo se traduce afuera… restaurantes llenos en Sopó, hospedajes en Tocancipá, glampings nuevos en las montañas.
Según Diego Márquez, “la presencia del parque ha dinamizado la economía de Tocancipá, Sopó y Zipaquirá, lo que ha permitido que la Sabana deje de verse solo como zona industrial y se reconozca como destino turístico”.
El parque no está aislado; es un nodo que extiende su presencia hacia los municipios cercanos, creando empleo directo e impulsando emprendimientos rurales.
A medida que avanzaba por el parque, entendí que su valor no está solo en lo que ofrece, sino en cómo lo ofrece. No es un consumo rápido, sino un turismo con intención.
El experto en turismo lo resumía de esta forma: “El Jaime Duque dialoga con las tendencias del turismo experiencial, es decir, experiencias memorables con propósito que conectan al viajero con el entorno”.
Y es cierto. Allí, la diversión no compite con el aprendizaje; se complementan.
Sin embargo, el crecimiento turístico también trae retos. Márquez advierte que el Jaime Duque podría convertirse en un verdadero articulador regional si se trabajara en conjunto con las alcaldías de los pueblos aledaños: podría mejorar la movilidad turística, evitar saturación y deterioro ambiental, conectar rutas temáticas (bienestar, cultura muisca, biodiversidad) y fortalecer actores locales para que los beneficios sean equitativos.
Un reto enorme, pero también una oportunidad única para que la Sabana se consolide como destino sostenible.
En el Bioparque Wakatá, uno de los espacios más significativos del Jaime Duque, vi familias enteras deteniéndose frente a animales que jamás habían observado tan de cerca. Pero más allá del asombro, fue evidente el mensaje que atraviesa todo el recorrido.
Ana Jiménez, experta ambiental, dice que “el Bioparque Wakatá no es un zoológico tradicional, sino un espacio de conservación. Todos los animales provienen de rescates, procesos de rehabilitación o entregas voluntarias. Eso cambia por completo la experiencia. No se trata de exhibir fauna, sino de contar historias sobre el impacto del tráfico ilegal, la pérdida de hábitat y la importancia de la educación ambiental. Cada estación del recorrido está pensada para que el visitante entienda que la biodiversidad necesita protección, no admiración pasajera”.
Volví a la entrada cuando el sol ya estaba bajando. La fila de la mañana era ahora un montón de personas que salían cansadas, pero felices. Los niños insistían en volver; los adultos hablaban de fotos, de paisajes y de animales.
Yo me quedé pensando en la mezcla que me acompañó todo el día… turismo, conservación, educación, memoria. Un parque que, sin proponérselo del todo, está narrando una parte de la Sabana que muchas veces se ignora.
Porque el Jaime Duque es eso: un lugar donde uno juega, camina y aprende, pero también donde el turista deja de serlo para convertirse en alguien que comprende que el territorio se cuida, se respeta y se cuenta.
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