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18 de Diciembre de 2025 15:45
Cuando visité por primera vez el Museo Nacional, no tenía expectativas, pero sí mucha curiosidad por conocer uno de los parajes culturales más importantes de Bogotá, reconocido mundialmente por plasmar la historia de nuestro país.
Al llegar al antiguo Panóptico, lo primero que me llamó la atención fue el caos bohemio tan característico de Bogotá, con los edificios empresariales de la zona, la gente caminando con prisa, la carrera Séptima atestada de carros y de sonidos. Todo afuera parecía moverse a una velocidad frenética, característica de la capital, mientras que dentro del museo, era como si el tiempo se detuviera en el pasado.
Allí, entre muros de piedra y corredores circulares, la historia del país se abría paso con calma en momentos clave de la historia. Era como si el museo invitara a hacer una pausa en la rutina para poder observar los principales acontecimientos de Colombia.
Hoy, entre las salas y galerías que albergan arte, historia, documentos y objetos patrimoniales, el eco de lo que alguna vez fue una prisión está presente. Sin embargo, ya no se escuchan los pasos de los guardias ni el sufrimiento de los reclusos, sino las nuevas voces de los visitantes que recorren los espacios de identidad y memoria que el antiguo Panóptico ofrece.
En uno de los pasillos del primer piso, una pareja se detiene frente a una vitrina con cerámicas precolombinas. La mujer, de acento extranjero, observa cada pieza con detenimiento. “Casi no vengo a Bogotá —afirmó—. Y cuando lo hago, es por compras o por otras cosas, pero no a enriquecerme en cultura. Por eso quiero aprovechar todo lo que puedo encontrar dentro de este museo”.
Al preguntarle un poco más, me contó que es ecuatoriana y que asistió al museo junto a su esposo colombiano. En esta ocasión, quisieron “retroalimentarse un poco” y recorrer juntos la historia desde lo prehistórico. Ambos se mostraban maravillados con la estructura del edificio. “El estilo original tiene una belleza propia”, me dijo ella mientras señalaba el techo alto, aunque también confesó su inconformidad con algunos toques modernos que, en sus palabras, “rompen un poco con la esencia del lugar”.
Para entender mejor su comentario, vale la pena detenerse un momento en cómo está organizado el museo. El recorrido se divide en tres plantas que, en conjunto, cuentan la historia del país desde sus orígenes hasta la actualidad.
En la primera planta se encuentran la historia del propio museo y las salas dedicadas a las culturas prehispánicas. Allí destaca una pequeña exposición de oro protegida por medio de un búnker, donde luego de pasar por un filtro de seguridad, los asistentes pueden entrar y descubrir la metalurgia del oro indígena, la cual permite plasmar el ingenio, la espiritualidad y la cultura de las primeras civilizaciones que habitaron nuestro territorio.
La segunda planta reúne las exposiciones dedicadas a la memoria y la nación. En esta se encuentran diferentes piezas que permiten entender algunos de los eventos más álgidos de la segunda mitad del siglo XX, como el golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla, la firma del Acuerdo del Frente Nacional, el surgimiento de grupos armados, entre otros.
Fue allí donde conocí a un grupo de jóvenes de Villavicencio, que recorrían las salas con atención. “Vinimos porque teníamos pendiente hacer un recorrido de museos acá en Bogotá”, me dijo uno de ellos mientras se acomodaba la maleta que cargaba. “Nos gustó mucho el segundo piso, comprender un poco más de la historia de Colombia, todo el componente político sobre la UP, el M-19 y la historia donde narran lo sucedido en el Palacio de Justicia”.
Entre las obras, una exposición sobre la migración me causó especial curiosidad, ya que nunca había visto que un museo retratara una coyuntura de actualidad junto a las obras de fenómenos históricos tradicionales.
La muestra temporal titulada “Todos somos migrantes. Una frontera es todas las fronteras” invita al visitante a ingresar con una actitud abierta y respetuosa, para comprender, a través de documentos, arte e imágenes, las historias de quienes cruzan límites en busca de un nuevo hogar y mejores oportunidades.
Como explica la antropóloga y curadora María Patricia Ordóñez, los museos no solo conservan objetos, sino que construyen narrativas identitarias. “El museo es una herramienta para crear y cuestionar las historias nacionales —afirma—. A través de sus colecciones, revela cómo nos hemos narrado como pueblos y cómo queremos seguir contándonos.”
En otro salón, ubicado en esta misma planta, entrevisté a una pareja de turistas de Barranquilla, Orlando y Eva. Me comentaron que siempre les ha apasionado la historia y que el museo “retrata de manera muy detallada y explícita los principales sucesos de Colombia”.
A Óscar le cautivó una frase escrita en una de las salas del segundo piso: “La historia de la humanidad es una historia completamente de conflictos”. “Eso me quedó sonando —comentó— porque se puede observar cómo los conflictos se repiten, sobre todo en nuestro país. Es triste, pero es una realidad que hay que conocer.”
Finalmente, la tercera planta está dedicada al arte nacional, con una selección de pinturas y esculturas de los principales artistas colombianos. De esta forma, el recorrido por las tres plantas del museo inicia con los primeros habitantes del país hasta un espacio cargado de creación.
En ese vaivén entre pasado y presente que caracteriza el paso por el museo y la estructura arquitectónica que lo sostiene, la mirada del curador Esteban Agudelo ofrece una clave para entenderlo: “Cuando tienes espacios que invitan arquitectónicamente a que la gente viva el museo estas generando públicos.”
Desde Chicago, donde actualmente cursa una maestría en cine, Agudelo reflexiona sobre la función social de los museos en Bogotá. Para él, un museo debe ser algo más que un lugar de exhibición silenciosa. “No se trata de obligar a la gente a venir a un conversatorio de tres horas —dice— sino de crear espacios donde uno pueda sentarse, descansar, leer, vivir el museo”.
Algunos de los aspectos más especiales del Museo Nacional no están dentro de los muros: sobre las escaleras de piedra, grupos de jóvenes conversan y las personas comparten a pesar del caos de la ciudad. “En el Museo Nacional la gente parcha afuera —explica—. Son espacios que no solo tienen que ser una cajita, sino estar abiertos para los visitantes”.
Esa visión coincide con la transformación que el lugar ha asumido en el siglo XXI. Hoy, el Museo Nacional se concibe como un espacio para los ciudadanos, un lugar de participación y diálogo. Desde su vinculación al Ministerio de Cultura en 1997, y con la implementación de su Plan Estratégico 2001–2010, el museo fortaleció su vocación pública a través de talleres, charlas, proyectos educativos y exposiciones que buscan acercar la historia al presente.
Esta transformación va muy de la mano con las características que para el curador deben tener los museos, ya que se refiere a estos como agentes sociales que deben tener la capacidad de “involucrarse con la vida de la gente y dejar de ser un reino de información lejano al que nadie puede acceder”.
Sebastián Llano Vesga compartió su mirada profesional desde el Grupo de Infraestructura Cultural del Ministerio de Cultura, que actualmente se enfoca en llevar la cultura a los municipios rurales donde aún no existe esta oferta institucional.
Reconoce que Bogotá es una excepción dentro del panorama nacional: “tiene una de las capacidades museográficas más grandes del país, si no la más”, afirma.
Su mirada coincide con la misión que el museo ha asumido desde su fundación moderna. Desde la década de 1930, fue considerado una institución clave para la difusión cultural del país, y su función se consolidó con el tiempo como espacio para conservar, coleccionar y divulgar el patrimonio nacional.
Sebastián destaca que el futuro de los museos no depende solo de restaurar sus muros, sino de mantener viva la memoria que resguardan. “El ejercicio de memoria es fundamental —insiste—. Hemos avanzado con lugares como Fragmentos o el Centro Nacional de Memoria Histórica, pero aún falta diversificar esas narrativas en otros espacios. Mientras tanto, el Museo Nacional cumple una función clave en preservar nuestra memoria colectiva".
Al salir por las escaleras de piedra, pensé en lo paradójico que resulta que el lugar que alguna vez fue símbolo del encierro hoy busca abrir las puertas al conocimiento y la cultura. El Museo Nacional no solo guarda objetos de arte e historia, sino que también busca conservar heridas, preguntas y momentos de esperanza que marcaron aspectos clave del país. Aunque Colombia todavía carga con muchas historias, espacios como este permiten que esas memorias se vuelvan conversación y no olvido.

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