Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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10 de Marzo de 2026 13:00
La vida es eso que pasa entre mundial y mundial, es un reloj de arena que medimos en domingos llenos de goles. Recordamos el sillón compartido con quienes estaban a nuestro lado cuando el mundo se detenía durante noventa minutos. Lo cierto es que, entre torneo y torneo, no pasó cualquier cosa: pasó la vida antes de que la pelota fuera encerrada en estadios de lujo. Fue el deporte del pueblo antes de que lo rompieran para hacer de nuestro juego su negocio.
La Copa del Mundo hace parte del selecto grupo de distinciones que te elevan a un altar donde se consagra la inmortalidad. Es el refugio que hace a un país mísero sentirse gigante, afirmó el exfutbolista camerunés Roger Milla. Es la razón por la que Carlos Bilardo, técnico campeón del mundo con Argentina en 1986, decía que era capaz de matarse. Franz Beckenbauer, campeón mundial como jugador y seleccionador, se sabía inferior a Johan Cruyff, el mejor futbolista en la historia de Holanda, pero en la final de la Copa Mundial de 1974 el alemán venció al holandés. Sin embargo, ese grito sagrado hoy tiene un precio en dólares que nos silencia.
João Havelange, ex presidente de la FIFA entre 1974 y 1998, fue el “Viktor Frankenstein” que cambió la pureza del cuero que rodaba en potreros por una perla de cristal que rueda sobre céspedes de lujo. El brasileño encontró una FIFA con apenas 30 dólares y la transformó en una máquina de billetes a través de patrocinios exclusivos. Todo cambió cuando Coca Cola invirtió ocho millones de dólares en 1974 para privatizar una pasión que solía ser gratuita. Este fue el nacimiento de una corrupción que convirtió al balón en la gallina de los huevos de oro.
Mario Benedetti, escritor uruguayo, aún tiene razón: Havelange sigue estrangulando a Maradona. Gianni Infantino, actual presidente de la FIFA, es hoy ese Havelange reencarnado, mientras que el “Maradona” asfixiado somos todos los apasionados incapaces de pagar una entrada a la Copa del Mundo. En Zúrich, ciudad suiza sede de la FIFA, estrangulan la esencia del juego en búnkeres de cinco niveles subterráneos, donde se pactan votos de 1.5 millones de dólares. Nos roban el aliento en un sistema donde el grito de gol ha sido reemplazado por el ruido de una caja registradora.
Estados Unidos, el país de las oportunidades, ha convertido el juego más sencillo en un lujo. Un país que no sabe que el verdadero nombre del “Soccer” es fútbol, ha terminado por segregar la cancha. En su paso por la Major League Soccer, la liga de fútbol estadounidense, Zlatan Ibrahimović, exfutbolista sueco, denunció que debía pagar 3.500 dólares por cada uno de sus hijos para que jugaran. El hijo de algún magnate no tiene la elegancia de Pelé, pero sí la capacidad económica para practicar el deporte.
Los precios para la Copa Mundial 2026 son muros de cristal diseñados para expulsar al verdadero fanático de las tribunas que alguna vez le pertenecieron. Han creado pasaportes a la exclusividad que transforman el estadio en un frío evento de relaciones públicas. En comparación a Qatar 2022, los precios de la boletería aumentaron considerablemente: el partido inaugural pasará de 55 a 370 dólares; un encuentro en fase de grupos pasará de 11 a 82 dólares; y para asistir a la final en Nueva York, la más económica, pasará de 206 a 2.030 dólares. La boleta más cara cuesta 6.730 dólares. Mientras que seguir a tu selección exige miles de dólares más, el fútbol ha dejado de ser un rito del alma para ser una subasta privada que el pueblo solo mira por televisión.
El descaro habita en la Torre Trump, donde los dueños del balón vivieron en excesos pagados con nuestra nostalgia. El poder se mueve entre comisiones del 10 % y departamentos de lujo financiados con contratos de televisión. Chuck Blazer, miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA desde 1996 hasta 2013, gastaba 6.000 dólares mensuales en una suite solo para sus gatos, mientras el fútbol base carecía de recursos. Incluso, Luis Bedoya, expresidente de la Federación Colombiana de Fútbol, confesó haber recibido sobornos por 15 millones de dólares para apoyar sedes en salones privados.
Debemos rescatar la pelota de esta red criminal antes de que el silencio de los palcos VIP mate nuestra alegría colectiva. Un mundial de minorías es el funeral de la identidad que nos unía con los que ya no están en el sofá familiar. La FIFA proyectó 13 mil millones de dólares en ingresos en el periodo 2023-2026, pero ninguna cifra compensará el despojo al hincha que ama el juego. Un gol que solo los ricos pueden pagar no es una victoria, es la derrota final de nuestra cultura.