Ya era hora

19 de Marzo de 2026 16:00

Autumn Durald Arkapaw recibe el premio a mejor fotografía
Por: Tomada de: Milenio/ Reuters
4 Min

Laura Sofia Torres Castellanos
Fotógrafa - Periodista Periodista
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Un momento histórico que emociona, pero que también expone una deuda de casi un siglo: el reconocimiento tardío a las mujeres en la dirección de fotografía.

 

Noventa y ocho años.

Eso fue lo que tardó la Academia en darle un Óscar de fotografía a una mujer. No pensé que me iba a afectar tanto. Pero, cuando dijeron el nombre de Autumn Arkapaw, algo se sintió distinto. Fue inevitable no sentir aguados los ojos. No era solo un premio por Sinners. Era ver, por primera vez, a una mujer ganar en fotografía… después de casi un siglo. 

Después de que pasa la emoción, queda algo más difícil de ignorar: pensar en lo que realmente significa la fotografía en el cine. Porque no, no es un detalle técnico más. Es lo que define cómo vemos una historia, cómo la sentimos, qué se nos queda grabado. La luz, el encuadre, el movimiento… todo eso es lenguaje. Y, aun así, es uno de los espacios donde menos mujeres han sido reconocidas.

Y por eso, cuando Autumn Arkapaw sube al escenario por su trabajo en Sinners y lo primero que dice es “Quiero que todas las mujeres de la sala se pongan de pie. Siento que yo no podría estar acá sin ustedes”, no suena solo a agradecimiento. Suena a algo acumulado. A historia. A deuda.

El cine siempre ha sido una industria atravesada por nombres masculinos. Sí, claro, hay mujeres que han ganado Oscars. Pero la mayoría en categorías como actuación. Cuando se trata de lo técnico, de lo que ocurre detrás de cámara, la historia cambia. Se vuelve mucho más desigual. No es menor que tan solo 3 mujeres han ganado a mejor directora en 97 años del certamen.

En dirección de fotografía, por ejemplo, el dato es tan absurdo que parece mentira: antes de este año, solo tres mujeres habían sido nominadas en toda la historia. La primera fue hace apenas nueve años, Rachel Morrison por Mudbound (2017), con una fotografía que se siente viva, pegada a la tierra y al contexto; Ari Wegner por The Power of the Dog (2021), construyendo tensión desde el paisaje y el silencio; y Mandy Walker por Elvis (2022), apostando por una imagen vibrante, casi desbordada de energía.

Tres.

Y ninguna había ganado.

Entonces no, no es una coincidencia. Es un patrón.

Porque si fuera solo cuestión de talento, esto habría pasado hace décadas. Pero no pasó. Y eso obliga a hacerse preguntas incómodas, de esas que la industria evita responder.

¿Las mujeres no sabían iluminar antes?

¿No sabían construir una imagen?

¿No podían pensar en planos, en narrativa visual?

¿O el problema era otro?

¿Era que no se les daba acceso a las grandes producciones?

¿Que no estaban en los espacios donde se toman las decisiones?

¿O que simplemente no encajaban en la idea de quién “debe” estar al mando de un equipo técnico?

Porque también hay algo ahí: la incomodidad de ver a una mujer dirigiendo.

Dirigiendo equipos.

Dirigiendo hombres.

Como si eso todavía necesitara validación.

Y mientras en otras categorías como guion, montaje o diseño de producción las mujeres han logrado abrirse camino —aunque también tarde—, en fotografía, sonido o efectos visuales la puerta sigue siendo mucho más difícil de empujar. No es que no estén. Es que no las dejan llegar a donde importa.

Por eso cuando Autumn Arkapaw gana por Sinners, claro que emociona. Pero también incomoda. Porque no debería ser histórico. No debería ser “la primera vez”. Debería ser algo que ya hubiera pasado muchas veces antes. Y sin embargo, no.

Mientras esto ocurría, en Bogotá miles de mujeres estaban en las calles, en el marco del International Women’s Day, marchando —aunque fuera unos días después— para exigir derechos, para hacerse visibles, para reclamar espacios que históricamente les han sido negados. En un país como Colombia, donde la industria audiovisual también ha estado marcada por hombres, esa imagen cobra otro sentido.

Entonces el contraste es inevitable.

Por un lado, un escenario donde por fin se reconoce a una mujer en un lugar donde siempre debió estar.

Por el otro, miles de mujeres recordando que ese tipo de reconocimientos no llegan solos.

Se pelean.

Y sí, es un momento importante. Pero también es una prueba de todo lo que se ha tardado en cambiar.

Porque, al final, la pregunta sigue ahí, sin resolverse del todo:

¿Por qué tuvimos que esperar casi cien años para que esto pasara?

Y peor aún: ¿Cuántas se quedaron sin ese reconocimiento en el camino?