Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Buscar
16 de Marzo de 2026 11:50
Una de las preguntas más comunes que se les suele hacer a aquellas parejas que están próximas a convertirse en padres, es: “¿Qué nombre le van a poner?”. Suelen contestar con una sonrisa en la cara o una emoción palpable y es entendible: el nombre es un asunto crucial en la vida de cada ser humano.
Probablemente, hace 20 años, a mis padres también les hicieron la misma pregunta y contestaron, sin duda alguna, “Juliana”, mi nombre. Bajo ese seudónimo, he vivido durante mi infancia, niñez, adolescencia y adultez temprana. Esas siete letras se volvieron parte de mi identidad, lo que me representaba en el mundo.
Así fue hasta que me topé con mi primer trabajo. Entré a una cadena de restaurantes, bastante popular, cuyo uniforme, aparte de un delantal, cuenta con una etiqueta que cada mesero debe usar, pues porta su nombre y es visible a los comensales. Supuestamente, genera cercanía a la hora de brindar un servicio: una conversación de tú a tú.
Pero, en mi caso, la etiqueta no llevaba el mío, sino el de alguna otra persona que había renunciado hace ya varios años y, tras de sí, dejó su insignia. Recuerdo que, en mi primer día de trabajo, la administradora buscó y buscó mi nombre dentro de una bolsa llena de pedacitos de tela y, después de no encontrarlo, me entregó me entregó aquel otro.. De tal manera, a la hora de trabajar, no era yo, sino “Ana”, quien atendía a las familias y saludaba a los niños con los que venían.
“Ana”, solían llamarme los comensales, y yo, que soy “Juliana”, pasaba derecho asumiendo que no estaban hablando conmigo. Por situaciones así, empecé a molestar mucho a mi jefe, quien argumentaba que no les prestaba la suficiente atención a los clientes. Desde entonces, me esforcé por asumir esas tres letras como propias: los sábados y domingos, de 10 a. m. a 6 p. m., mi identidad en el mundo ya no era Juliana.
Con el pasar del tiempo, comencé a reconocerme como “Ana”. De repente, formé una doble personalidad, como si alguien más habitara dentro de mí. Esa otra persona, era complaciente y servicial, incluso sumisa. Disponible para los comensales de manera permanente. De cierta manera, muy diferente a mí.
Curiosamente, incluso siendo tan distintas, mi seudónimo empezó a manifestarse en todos los aspectos de mi vida, hasta afuera del trabajo. La primera vez que caí en cuenta de que la situación se había salido de mis manos, fue en clase. El profesor estaba llamando a lista y yo estuve a punto de decir “Presente” cuando llamó a alguna Ana en el salón.
Me sentí aterrorizada. Por muchos meses, había logrado separar mis dos personalidades: Ana aparecía únicamente en espacios laborales y, Juliana, dominaba los demás aspectos de mi vida. Pero, esta vez, mi segunda personalidad había tomado forma en un espacio donde nunca había aparecido.
Empecé a tener una contradicción interna. ¿Cómo debía portarme en la universidad o en mi casa? ¿Debía tener el mismo cuidado, la misma atención hacia los demás que el que tenía Ana en el trabajo? ¿Tenía que ser paciente, morderme la lengua cuando algo me molestaba y sonreír ante las adversidades?
Con el tiempo, creo, se empezaron a cruzar mis personalidades: Ana se manifestaba en mi vida cotidiana y Juliana en mi vida laboral. Dejé de ser una mesera entregada completamente a la atención del cliente y me transformé en una mesera despistada que buscaba compartir más con sus compañeros de trabajo que procurar un excelente servicio.
Es cierto que nunca fui grosera con los clientes. Es más, había pequeños momentos donde Ana aprovechaba para salir y atendía fenomenalmente a una mesa, solo que sonreír todo el tiempo y aceptar cualquier comentario con la cabeza gacha, así sea uno grosero, cansaba bastante. Tal vez por eso Juliana empezó a aparecer en el panorama. ¿Quién no se cansa de servir a los demás?
Aunque es cierto que había personas que me gustaba ayudar, el momento de "compinchería" se acababa cuando, al salir del restaurante, se despedían de Ana con una sonrisa y a veces hasta un abrazo, pero nunca tenían ese detalle con Juliana, la verdadera persona que los atendía.
El regreso a casa involucraba una mezcla extraña de sentimientos. Por un lado, agradecía tener un trabajo que me permitiera darme mis gustos de joven adulto, y por el otro, un cansancio abrumador, no solo por trabajar de pie 8 horas seguidas, sino porque sentía que, a la larga, no paraba de actuar.
Lo que más me costaba era renunciar a mi nombre original. En mis primeros turnos, había días donde, por más que me esforzara, no conseguía reconocer “Ana” como propio. Indudablemente, los comensales notaban que no respondía y me preguntaban, tímidamente, si ese en verdad era mi nombre. Yo contestaba de manera honesta y quedaban bastante sorprendidos de que me hicieran trabajar con un nombre ajeno colgado en la espalda.
Cuando estaba próxima a cumplir un año en el trabajo, mi jefe me estaba ayudando a limpiar una mesa y, con una sonrisa en la boca, me dijo: “Juli, qué chistoso que lleves aquí tanto tiempo y aún tengas el nombre de Ana. Voy a ver si puedo buscarte una etiqueta con tu nombre, estoy segura de que la debe haber”.
Renuncié hace seis meses y recuperé oficialmente mi nombre. Tal vez siempre estuvo en esa bolsa inmensa y era cuestión de buscarlo mejor. Y, aunque ya nadie más me ha vuelto a llamar “Ana”, ¿a veces me pregunto cómo estará? ¿Qué será de su vida? ¿Extraña salir a la superficie? Hay días donde siento que me habla.