Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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17 de Marzo de 2026 10:18
Una mujer no debe salir sola ya que puede ser víctima de algún tipo de abuso; o bueno, por lo menos así lo plantea la lógica de esta sociedad que, mayoritariamente, aún nos define como dependientes de una figura masculina.
Qué alivio saber que, en pleno 2026, la sociedad sigue teniendo tan claras sus prioridades morales: si a una mujer la secuestran, la roban o la asesinan, lo primero que hacen los opinadores de redes sociales es ver que no fuera “muy provocativa” la manera en la que iba vestida; otros (o los mismos) entran a cuestionar por qué estaba "sola" en el momento del suceso, como si su autonomía fuera un factor que justificara que la agredieran y, por ende, fuera su culpa de que “le pasara, lo que le pasó”.
Al final, estos datos son irrelevantes ante la argumentación de un crimen. La libertad de una mujer no puede ser tratada como que “dio papaya” o como una irresponsabiliidad. Sus derechos no deben ser justificantes de una tragedia. Así como sucedió en el reciente caso de Diana Ospina, el ejemplo perfecto del cinismo colectivo que se respira en el entorno digital y en las conversaciones cotidianas.
Diana salió de una discoteca en Bogotá y abordó un taxi en la madrugada; terminó siendo víctima de un "paseo millonario" que la mantuvo desaparecida por 40 horas. Pero, por supuesto, para el juicio sumario de las redes sociales, el problema no fue el delincuente, sino que ella hubiera salido sola o que no estuviera "en su casa tranquila". Resulta indignante que, mientras ella vivía un trauma, el foco de la opinión pública se centrara en cuestionar su derecho a la movilidad nocturna.
Esta narrativa no es un hecho aislado, sino que se deriva de una estructura patriarcal arraigada que ve la autonomía y libertad de una mujer como una imprudencia. En lugar de exigir seguridad ciudadana, el discurso social a menudo se convierte en un estricto código de comportamiento, sugiriendo que la única forma de no ser agredida es bajo el acompañamiento de un hombre. Tal fue el caso de Luz Estella Foronda y su hija Daniela de Armas, asesinadas en 2024 mientras viajaban al Tayrona. En la conversación pública, el énfasis recayó en que “se movilizaban solas” (a pesar de que la una está con la otra), como si la ausencia de un acompañante masculino fuera la causa real del crimen y no el control territorial de grupos armados.
Esta situación está presente en todo el mundo. La reacción socia a la tragedia de Ivonne Daniela Latorre en Egipto tendió también a culparla. Tras su muerte en un festival, los comentarios fueron un pozo de prejuicios: "qué afán de ir a países musulmanes solas", "[no deberían viajar] "sin hombres que las cuiden". Es fascinante ver cómo la libertad de una mujer se reduce a una "mala decisión".
La diferencia en el tratamiento de la vulnerabilidad es, sencillamente, insoportable. Cuando un joven fue asesinado en Soacha por un celular el 20 de febrero de 2026, en medios como El Espectador o City Tv la atención se centró en la investigación y en la captura del responsable. A diferencia de los casos femeninos, la discusión pública no se obsesionó con el hecho de que el joven "se movilizaba solo", a pesar de que físicamente lo estaba. A ellos se les permite ser víctimas con dignidad; a nosotras se nos exige ser responsables de nuestra propia tragedia.
Mientras tanto, las cifras de Medicina Legal indican que, históricamente en Colombia, los hombres representan entre el 80% y 90% de las víctimas de homicidio. Sin embargo, en esos casos se entiende que la culpa es de la violencia sistémica, el conflicto o la inseguridad. A nadie se le ocurre pedirles a los hombres que se encierren por su propia seguridad o empiecen a buscar compañía para caminar por las calles oscuras.
Esta lógica mediática no es accidental; es una herramienta que organiza el contenido para influir en nuestra interpretación. Al recalcar la "soledad" de la mujer, muchas veces por parte de los mismos medios de comunicación, se naturaliza la violencia de género y diluye la responsabilidad del agresor. El lenguaje insinúa que el espacio público es un territorio prohibido y que cualquier salida sin supervisión es una imprudencia que merece castigo.
Es de vital importancia identificar que hay un problema sistemático en la sociedad. No deberían tildarnos de “locas” tras anunciar que vamos a viajar solas, tal y como me pasó a mí. Y aunque entiendo que esta idea es más compleja en ciertas culturas como la árabe o la india, es una situación la cual no debería de existir, y menos en culturas occidentales donde el concepto de mujer como individuo libre y con derechos existe y “se aplica”.
Hay que decirlo claro: es culpa de la sociedad, no de nosotras. Es inaceptable que se nos pretenda encarcelar bajo la premisa del miedo mientras los criminales siguen en las calles. La idea de que una mujer "está mal" por salir sola es la mayor mentira que nos han vendido para no admitir el fracaso de un sistema que no nos protege. El miedo no puede ser el argumento para impedir nuestros sueños. No somos nosotras las que debemos cambiar nuestras rutas o quedarnos en casa; es la sociedad la que debe dejar de señalar con el dedo mientras el victimario se desvanece en la impunidad.