Un periodismo ético a favor de la memoria y la paz

18 de Septiembre de 2026 11:55

Por: Conexión Sabana 360

Redacción
Editor Periodista
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Las historias oficiales suelen construirse desde la frialdad de un escritorio en Bogotá, donde la complejidad del conflicto armado se reduce a expedientes y estadísticas deshumanizadas.

Sin embargo, en los pliegues de las montañas de Cundinamarca, en un municipio llamado Gachalá, la historia no es un documento estático: es un rastro que se camina entre el barro, una cicatriz que se siente en el pecho y un relato que late en las plazas. El problema de la memoria institucional es que, con frecuencia, borra el sudor y las lágrimas que le dan sentido al pasado.

Esta problemática fue abordada por nuestros periodistas Maria Camila Marino Monroy, Maria Catalina Landinez Ramírez, David Andrés Álvarez Herrera, Santiago Guzmán Pena y Gabriela Quintero Cubillos. En una investigación rigurosa, sensible y crítica, recorrieron el pasado de Gachalá junto a los protagonistas de su historia resiliente.

Así descubrieron que la verdadera esencia de Gachalá reside en los silencios que se rompen frente a un tinto y en la dignidad de quienes, a pesar de haberlo perdido todo, se negaron a entregar su futuro al olvido.

Su reportaje, realizado en la clase Video Storytelling, bajo la guía de la editora Angélica Villalba, fue parte de la selección oficial de SiembraFest, festival que busca ampliar la incidencia del cine en municipios periféricos y territorios campesinos. La edición de 2026 se desarrolló en la segunda semana de septiembre, en Villeta y Sasaima, Cundinamarca.

El eco del silencio: Donde el papel del Estado no llega

Uno de los hallazgos más crudos de esta inmersión es la grieta profunda entre lo que dicen los archivos y lo que callan las calles. Por un lado, la versión institucional ofrece un relato de gestión y cifras. Por otro, emerge el latido humano de los habitantes, quienes cargan con una verdad incómoda: el Estado no solo falló en protegerlos, sino que a menudo fue ineficiente a pesar de tener información clara sobre el peligro en sus manos.

Confiar únicamente en las fuentes oficiales para reconstruir el conflicto es un ejercicio de ceguera voluntaria. La investigación en Gachalá demuestra que el rigor periodístico nace de poner en diálogo la versión del funcionario con la experiencia del sobreviviente. Solo en ese contraste se revela la magnitud del impacto del Frente 53 de las FARC, una sombra que las instituciones registraron en papel, pero que el pueblo sufrió en la piel.

El proceso de reportería implicó un diálogo cercano con las personas que vivieron la violencia, reparación y resistencia silenciosa en Gachalá, Cundinamarca.

El nombre del padre: Ligia y la persistencia de los Emilio

En el centro de esta crónica aparece Ligia, una mujer que es, a la vez, raíz y refugio. Su historia está marcada por un mediodía sangriento en la plaza pública, donde la guerrilla asesinó a su esposo, Emilio. Lo que la historia oficial no cuenta es la carga simbólica que vino después: Ligia no solo se quedó para sostener los escombros de su hogar, sino que su hijo también lleva el nombre de Emilio. Este eco en el nombre no es una casualidad; es una forma de resistencia puramente latinoamericana, donde el hijo camina para que el padre no termine de morir.

Las mujeres de Gachalá, con Ligia a la cabeza, no solo sobrevivieron al horror; fueron las costureras que remendaron el tejido social cuando el miedo intentó desintegrarlo. Mientras las balas buscaban el silencio, ellas mantuvieron la palabra y la vida en el mismo lugar donde les arrebataron la paz.

"Durante la conversación tuvimos que hacer varias pausas para respirar y llorar, porque todo lo que estábamos hablando era muy difícil para ella. Una vez terminamos la entrevista, Ligia nos hizo un recorrido a través de sus fotos familiares... con su esposo, Emilio. Nos iba señalando las personas y explicándonos a qué momento correspondía cada imagen, con una memoria intacta y recordando cada detalle. Fue un momento muy emotivo porque pudimos acercarnos a esos recuerdos que ella conserva con tanto afecto", explica Maria Camila Monroy, la directora del reportaje.

La vida en el ojo del huracán

Quizás el hallazgo más asombroso de la investigación fue la capacidad de la comunidad para mantener la "normalidad" mientras el conflicto rugía a su alrededor. No fue indiferencia, sino una forma de resistencia activa y silenciosa. En Gachalá, la gente siguió sembrando, comerciando y amándose bajo la sombra de la incertidumbre.

Esta persistencia de la vida es la mayor lección de humanidad que el territorio le dio a los periodistas. Entender cómo un pueblo logra configurar su cotidianidad en medio del miedo ayuda a redimensionar el conflicto: la guerra no detuvo el reloj de Gachalá, solo obligó a sus habitantes a aprender a vivir en las grietas de la violencia.

La historia del Frente 53 de las FARC en este municipio estaba guardada bajo llave, no por falta de relevancia, sino por el velo de silencio que el dolor impone en los pueblos. No hay rastro profundo de esta historia en Internet; se tuvo que reconstruirla paso a paso, caminando junto a Humberto, el hijo de Ligia.

Humberto es la viva imagen del "campesino hecho y derecho": de posturas políticas firmes y carácter fuerte, pero con una visión de mundo que solo da convivir entre el pueblo, la ciudad y la naturaleza. Caminar con él, con las botas hundidas en el campo, reveló retos a escala humana, como la entereza emocional, el valor de la escucha activa y comprender a la fuente humana como archivo valioso para la historiografía.

Poster oficial de "Gachalá, entre el miedo y la memoria", presentado durante la más reciente edición de SiembraFest en septiembre de 2026.

La memoria como escudo en el SiembraFest

Llevar este relato a espacios como el festival de cine SiembraFest, que suma 10 ediciones y más de 22 mil asistentes, fue un acto de justicia narrativa, según los autores del reportaje. Entre documentales de autor y cortometrajes de ficción, el trabajo sobre Gachalá destacó por una razón: era el único producto con formato de reportaje periodístico y el único en esta edición que aborda una historia sobre el conflicto armado colombiano.

Sacar la investigación de las aulas para exponerla ante una audiencia real transforma el periodismo en una herramienta de paz. No se trata de ganar premios, sino de asegurar que la historia de Ligia y los "Emilios" trascienda la montaña y genere una conversación nacional que obligue a no repetir los errores del pasado.

"Hay que recordar para no repetir y, desde el periodismo, tenemos una responsabilidad en que esas historias sigan siendo contadas hasta que el país encuentre un rumbo diferente", indica Maria Camila Monroy.

Equipo realizador del reportaje "Gachalá, entre el miedo y la memoria". De izquierda a derecha: David Andrés Álvarez Herrera, Maria Catalina Landinez Ramírez, Maria Camila Marino Monroy y Santiago Guzman Peña.

Una mirada hacia el futuro

La experiencia en Gachalá nos deja una certeza: el periodismo de memoria es una urgencia ética. Las nuevas generaciones de comunicadores tienen el deber de rescatar esas voces que el olvido y la burocracia han intentado enterrar.

Construir la paz en Colombia no se trata solo de firmar acuerdos, sino de tener la valentía de escuchar a quienes, como Ligia y Humberto, sostuvieron al país desde la resistencia diaria en las regiones.